«La autonomía no se impone; se cultiva con confianza, amor y espacio para que los hijos descubran el mundo por sí mismos».
Uno de los grandes objetivos de los padres en la educación de sus hijos es el desarrollo de su autonomía. Desde temprana edad, se les enseña a ser responsables y se les fomenta la independencia, preparándolos para enfrentar el mundo por sí mismos. A medida que los niños crecen y adquieren nuevas capacidades, buscan libertades que antes no demandaban, lo que representa un desafío tanto para las familias como para los educadores.
La importancia de los límites
El estilo educativo que los padres eligen es fundamental para establecer límites dentro de los cuales los hijos puedan moverse con seguridad. Ser autoritario o permisivo afecta la relación entre padres e hijos, así como el grado de vigilancia que los padres ejercen para fijar los «márgenes» de las libertades de sus hijos.
Desde las primeras etapas de la vida, es esencial fomentar la autonomía, la negociación y las responsabilidades del niño mediante la implementación de normas y límites claros. Esto ayuda a minimizar los conflictos que surgen durante la adolescencia, una etapa especialmente compleja en la que los jóvenes buscan expandir sus libertades. Los límites deben establecerse con instrucciones claras y específicas, proporcionando opciones razonables que permitan a los niños sentir que tienen control sobre ciertas decisiones. Esto los hace más receptivos a los consejos y normas establecidos por sus padres.
Estrategias: Cómo otorgar libertades de manera efectiva
Al dar libertades, los padres deben considerar que los permisos se deben conceder de manera progresiva, es decir, a medida que los hijos demuestran ser capaces de cumplir con las expectativas y responsabilidades asociadas. Si los niños incumplen los acuerdos establecidos, los padres pueden suspender esos permisos, lo que enseña a los niños a gestionar adecuadamente las libertades otorgadas.
Es fundamental que los padres ayuden a sus hijos a desarrollar un criterio sólido para distinguir entre diversas situaciones y prevenir riesgos. La mayor responsabilidad de los padres es proteger la salud y seguridad de sus hijos. Es importante que los niños comprendan que ciertas restricciones se imponen no por capricho, sino porque algunas actividades pueden representar una amenaza para su bienestar. Por ejemplo, si un niño de 7 años pide quedarse despierto hasta tarde para ver una película que comienza a las 10 de la noche, los padres pueden considerar que esta solicitud no es adecuada para su edad, ya que necesita dormir lo suficiente para estar descansado al día siguiente. En lugar de simplemente decir «no» sin más explicación, los padres pueden responder de la siguiente manera:
«Entendemos que te gustaría ver la película, pero empieza muy tarde y necesitas descansar para estar bien al día siguiente en el colegio. Podemos grabarla y verla juntos mañana a una hora más adecuada, cuando estés más descansado».
De esta manera, los padres comunican la negativa de forma clara y razonada, explicando el motivo y ofreciendo una alternativa que el niño pueda entender y aceptar más fácilmente.
Conforme los niños maduran, los padres pueden ir aumentando gradualmente su independencia, permitiéndoles tomar más decisiones por sí mismos. Es recomendable conversar con los hijos sobre las consecuencias de sus decisiones, ayudándoles a entender que existen decisiones buenas y malas, y que aprender a diferenciar entre ambas es crucial para su futuro.
El equilibrio entre control y libertad
Finalmente, los padres deben encontrar un equilibrio entre la imposición de reglas y una permisividad excesiva. La mejor estrategia es guiar a los hijos sin controlarlos, evitando la sobreprotección, y permitiéndoles cometer errores, resolver sus propios problemas y tomar decisiones por sí mismos. Este enfoque les ayuda a desarrollar las habilidades necesarias para encontrar la autonomía que les proporcionará las libertades que tanto desean.
Supongamos que un niño de 10 años tiene la responsabilidad de hacer sus deberes cada tarde después del colegio. Los padres podrían imponer la regla de que los deberes deben estar completados antes de la cena, pero en lugar de controlar cada detalle y supervisar constantemente, le dan al niño la libertad de decidir cómo organizar su tiempo. Si un día el niño decide posponer los deberes para jugar y no los termina a tiempo, los padres no lo rescatan inmediatamente ni lo castigan severamente. En cambio, permiten que el niño enfrente las consecuencias naturales de su decisión, como tener menos tiempo para jugar al día siguiente o recibir una observación del profesor.
Posteriormente, los padres pueden sentarse con el niño para reflexionar sobre lo sucedido, ayudándole a entender cómo podría manejar mejor su tiempo en el futuro sin imponer una solución. Al permitir que el niño cometa errores y aprenda de ellos, los padres están guiando sin controlar, lo que fomenta el desarrollo de habilidades de gestión del tiempo y responsabilidad, esenciales para su autonomía futura.
Así, fomentar la autonomía es un proceso gradual que requiere paciencia, coherencia y una comunicación abierta entre padres e hijos. Al hacerlo, se sientan las bases para que los niños crezcan como adultos responsables, capaces de tomar decisiones informadas y de manejar su vida con independencia.
