«Cuando nadie te recuerda en el mundo de los vivos desapareces de este mundo, le llamamos la muerte final».
Héctor Rivera
Hablar de la muerte no es fácil. Es de esos temas que la gente esquiva como si fuera una conversación sobre política en la cena de Noche Buena. Pero por mucho que miremos hacia otro lado, ahí está, silenciosa, inevitable, recordándonos que nadie se queda para siempre. Y, aunque nos pese, lo cierto es que entender la muerte puede cambiar la forma en que vivimos.
La película Coco nos propone una idea reconfortante: la muerte no es el olvido, sino un puente entre quienes se van y quienes se quedan. Nos invita a pensar que seguimos vivos mientras alguien nos recuerda, mientras nuestra historia se cuela en una sobremesa familiar o en una canción que tararea un nieto sin saber bien por qué. Y esto, más allá de ser un consuelo poético, tiene mucho sentido desde la psicología.
El miedo a desaparecer
Si lo piensas, lo que realmente nos asusta no es el último respiro en sí, sino lo que viene (o no viene) después. ¿Qué pasa cuando ya no estamos? ¿Nos recordarán? ¿Seremos solo una foto enmarcada en la sala, de esas que la gente limpia con indiferencia los domingos? Erik Erikson, un psicólogo que estudió el desarrollo humano, hablaba de algo llamado generatividad, esa necesidad de dejar algo detrás: una historia, un legado, una receta de sopa de la abuela que nadie puede igualar. Algo que nos haga sentir que no nos desvaneceremos sin más.
Por eso duele tanto cuando alguien se va y su ausencia se ve y se siente como un hueco imposible de llenar. La película lo muestra bien con la figura de Héctor, un hombre que está atrapado en una especie de limbo porque su familia ya no lo recuerda. Y aunque Coco es una película animada, el miedo que refleja es completamente real: todos queremos haber significado algo para alguien.
Rituales y despedidas: cuando la memoria nos salva
La psicología ha estudiado mucho el duelo, y lo que se sabe es que no hay una forma «correcta» de vivirlo. Hay quienes lloran sin consuelo, quienes llenan su agenda para no pensar demasiado y quienes necesitan hacer algo simbólico, como escribir cartas o visitar la tumba como si todavía hubiera una conversación pendiente. En México, el Día de los Muertos es la forma más bonita de reconciliarse con la ausencia: las personas se reúnen, ponen altares con fotos, flores y los platos favoritos de quienes ya no están. Es como un recordatorio de que la muerte no borra a las personas, sino que las transforma en historias, en anécdotas, en canciones que de pronto tarareas sin saber de dónde salieron.
Tal vez hacer las paces con la muerte no pase por comprenderla, sino por recordar. No verla como un final brusco y frío, sino como un paso más en la historia de cada uno. Como en Coco, quizás la verdadera eternidad no esté en el cielo o en el más allá, sino en la gente que nos recuerda, en lo que dejamos atrás, en ese chiste malo que repetimos tanto que sigue dando vueltas en la familia aunque nosotros ya no estemos.
Porque, al final, seguimos vivos mientras alguien nos piensa. Y quizás, solo quizás, eso es lo más cercano a la inmortalidad que podemos estar.
