«Cada vez que me escucha aunque sea por un instante, aunque sea para guardar un muñeco antes de volver a jugar, siento que hemos ganado una pequeña victoria juntos».
Mi hija no me hace caso cuando le hablo. Y sí, a veces siento que hablo con la pared o con una estatua de piedra. Tanto que más de una vez he pensado: «¿estará sorda?». Y sí, me he enfadado y he perdido los nervios. Es normal. Después de todo, llevas cinco minutos diciéndole que recoja los juguetes que ha usado antes y ella sigue con lo suyo, como si mi voz fuera un ruido de fondo.
He aprendido que no sirve de nada repetir las cosas mil veces. A los seis años, su mundo está lleno de ideas y aventuras, y tu voz puede perderse entre bloques, muñecas y coches que han quedado tirados. El otro día probé a decirle «recoge los bloques», mientras ella estaba montando un castillo que parecía más grande que nuestra casa. Resultado: ignorado. Pero cuando cambié de estrategia, la llevé a un rincón tranquilo y le pedí ayuda, casi sin darme cuenta, me escuchó de verdad.
Otro truco que funciona es ponerte a su altura. Literalmente. Agacharte, mirarla a los ojos y esperar a que te mire de vuelta. A veces solo eso convierte un «ni caso» en un «vale, te escucho». Me hace gracia cómo un gesto tan simple puede cambiar tanto: de repente, soy yo y no la pared la que habla.
También he descubierto que hay que ganarse su atención antes de hablar. Un toque en el hombro, una sonrisa, o pedirle que me cuente lo que hizo hace cinco minutos. Parece exagerado, pero funciona. Es como si le dijeras: «Ey, te necesito aquí un momento». Y, curiosamente, funciona más que regañarla.
Otro aprendizaje importante: cumplir tus palabras. Si digo que después de cenar toca recoger los juguetes, toca recogerlos. Si prometo que vamos a la plaza después, vamos. Los niños de seis años perciben cualquier inconsistencia. Si ven que tus palabras no se cumplen, pierden interés en escucharte la próxima vez.
Dar responsabilidades claras también ayuda. En vez de decir «recoge los juguetes», pruebo con algo como: «primero los bloques, luego los muñecos, y después me traes los coches». Así no hay escapatoria: escuchar se vuelve la opción más fácil. Y, de paso, ella aprende a organizarse un poquito.
Cuando responde o hace caso, hay que reforzarlo. Un «gracias por ayudarme» o un guiño cómplice hace milagros. Funciona mejor que cualquier regañina. Un gesto positivo convierte la comunicación en algo agradable y no en un tira y afloja constante.
Y, por supuesto, ser un buen ejemplo. Si quiere que me escuche, yo también tengo que escucharla. Apagar el móvil, mirar sus ojos, interesarme en sus historias, aunque sean absurdas. Lo que ve es más poderoso que lo que escuchan las palabras.
Hay días en los que hablar con mi hija es como intentar atrapar mariposas con las manos llenas de barro: parece imposible y terminas con algo en la ropa y las manos sucias. Pero he aprendido que la clave está en acompañarla en su mundo, sin gritar ni desesperarse. Cada vez que me escucha aunque sea por un instante, aunque sea para guardar un muñeco antes de volver a jugar, siento que hemos ganado una pequeña batalla juntos. Y sí, si en medio de todo me he enfadado, respirado hondo y luego hemos acabado riéndonos de la situación, eso también cuenta como aprendizaje.
