«Pensar es útil, pero pensar demasiado es como correr en una rueda: te agota sin llevarte a ningún lado».
Puede que estés en medio de una tarde tranquila, tomando un café, y de repente, te encuentres pensando en algo que pasó hace cinco años: «¿Por qué dije eso? ¡Qué vergüenza!». O quizás estés anticipando el futuro, imaginando todas las formas en que algo podría salir mal.
Es un hábito curioso, ¿no? Nos quedamos atrapados entre lo que ya no podemos cambiar y lo que todavía no ha sucedido. Y mientras tanto, el presente, ese momento que tenemos justo ahora, se nos escurre como arena entre los dedos. Es como estar sentado en un coche de carreras que va a toda velocidad… pero con el freno de mano puesto.
¿Por qué pensamos tanto?
Este hábito de pensar demasiado —overthinking, como lo llaman los modernos— no solo es agotador; también nos roba la posibilidad de disfrutar de lo que está frente a nosotros. ¿Por qué lo hacemos? Porque el cerebro odia la incertidumbre. Cuando no tiene todas las respuestas, empieza a llenar los vacíos con suposiciones y preguntas: «¿Qué pasará si tomo esta decisión? ¿Y si pasa esto o aquello?». Es su forma de sentirse útil, aunque a menudo acabe complicándonos más la vida.
La psicóloga Susan Nolen-Hoeksema habló sobre esto en sus estudios sobre la rumiación cognitiva, demostrando que las personas que piensan demasiado tienden a ser más propensas a la ansiedad y la depresión. Su cerebro está atrapado en un bucle, tratando de resolver problemas que a menudo ni siquiera existen.
Pensar no es malo, pero…
Claro, no es que pensar sea un problema en sí. Reflexionar es vital para resolver problemas, planificar y aprender de los errores. El problema empieza cuando nos convertimos en hamsters dando vueltas sin fin en una rueda mental. El overthinking no encuentra soluciones; solo crea más problemas de los que originalmente tenías.
¿Cómo bajarnos de esta rueda?
Cuando nuestra mente se convierte en ese vecino ruidoso que no deja de molestar, hay dos caminos posibles: o aprendemos a callar el ruido o lo cubrimos con algo más agradable.
Mindfulness o atención plena. Aprender a estar presente es como cerrar la llave de paso de tus pensamientos; no siempre es fácil, pero para algunas personas funciona de maravilla. Estudios han demostrado que la meditación ayuda a reducir la rumiación mental y mejora la regulación emocional.
Dale trabajo a tu cerebro. Ocupa tu mente con algo tan absorbente que no le quede espacio para divagar. Haz ejercicio, prueba una receta complicada o juega a ordenar ese cajón caótico de cosas que «podrían ser útiles algún día».
Cambia la perspectiva. Cuando te sorprendas atrapado en un pensamiento repetitivo, pregúntate: «¿Esto me está ayudando a encontrar una solución o solo me está estresando?». A veces, simplemente tomar conciencia del proceso es suficiente para romper el ciclo.
Acción sobre introspección. La psicóloga Bliuma Zeigarnik descubrió que las tareas incompletas nos persiguen. Si no puedes dejar de pensar en algo, intenta terminar, aunque sea una pequeña parte de lo que te inquieta. El cerebro ama tachar cosas de la lista, incluso si es algo tan sencillo como organizar tu escritorio.
Conclusión. Elige qué pensamientos valen la pena
La clave para liberarse del bucle de pensar demasiado es aprender a distinguir cuándo necesitas pensar y cuándo solo estás dándole vueltas a todo por inercia. Esto se parece un poco a la comida: necesitas alimentarte, pero si comes sin hambre, estás llenando un vacío que no tiene que ver con el estómago.
Pregúntate: «¿Puedo cambiar algo de esto sobre lo que estoy pensando?» Si la respuesta es no, darle vueltas no te llevará a ninguna parte. Es como intentar secar una toalla bajo la lluvia.
La próxima vez que te encuentres atrapado entre el pasado y el futuro, recuerda que lo único real es este momento. No dejes que el ruido de tus pensamientos te robe la paz. Porque la vida es mucho más que un bucle mental: es lo que pasa mientras tú decides si escuchar el goteo de la tubería o poner tu canción favorita.
