«Procrastinar no es falta de disciplina, sino una forma de evitar lo que nos incomoda. Avanzar no requiere perfección, solo el valor de empezar».
¿Te ha pasado alguna vez que justo cuando necesitas hacer algo importante, de repente sientes una necesidad incontrolable de limpiar la nevera, regar las plantas o buscar el regalo ideal para el cumpleaños de tu prima, que es dentro de seis meses? O quizás te sientas frente al ordenador con toda la intención de trabajar, pero antes de abrir el archivo terminas viendo un tutorial de cómo doblar camisetas como en las tiendas. Y así, atrapado en un ciclo de «voy a empezar ya», pasa el tiempo… pero no empiezas.
Procrastinar no es solo cuestión de pereza o falta de disciplina. Muchas veces, tiene más que ver con cómo nuestro cerebro reacciona al estrés y la hiperestimulación. Vivimos en un mundo diseñado para secuestrar nuestra atención: notificaciones del móvil, redes sociales, correos electrónicos, series pendientes… Todo compite constantemente por nuestro tiempo, y en medio de tanto ruido, nuestro cerebro busca refugio en lo que le da gratificación inmediata, aunque sea irrelevante.
Es como intentar leer un libro mientras en la habitación de al lado alguien toca la guitarra eléctrica, la batería y el bajo al mismo tiempo. Sabes que deberías concentrarte, pero cada sonido te distrae y terminas perdiendo el hilo. La procrastinación funciona igual: queremos enfocarnos, pero nos dejamos llevar por lo más llamativo, lo más fácil o lo que parece menos desafiante.
El miedo disfrazado de postergación
Ahora imagina que tienes frente a ti un elefante gigantesco y te dicen que tienes que comértelo. Suena ridículo, ¿verdad? Pero, ¿y si alguien te dice que no tienes que comértelo entero de una vez, sino que puedes empezar con pequeños mordiscos? Eso es lo que recomiendan los expertos cuando se trata de procrastinación: dividir las tareas en partes pequeñas y manejables.
El problema es que, aunque sabemos esto, seguimos sin empezar. Porque no se trata solo de organización; hay emociones en juego. Muchas veces, procrastinamos porque enfrentarnos a ciertas tareas nos expone. ¿Y si no lo hago bien? ¿Y si fracaso? Es más cómodo posponerlo y quedarnos en el limbo de «todavía no lo he intentado» que lidiar con la posibilidad de no cumplir nuestras propias expectativas.
Tengo un amigo que pasó semanas evitando hacer una llamada importante en el trabajo. Cada vez que pensaba en ello, sentía que necesitaba prepararse mejor. Terminó perdiendo horas en escribir un guion detallado, buscando información extra que probablemente nunca iba a usar… y al final, no hacía la llamada. ¿Por qué? Porque el miedo a equivocarse lo paralizaba. Cuando finalmente la hizo, descubrió que todo lo que había anticipado como un problema no existía: fue rápida y sin complicaciones.
Algo parecido nos pasa a los escritores. A veces no avanzamos en nuestro libro porque estamos esperando el «momento ideal» para escribir: ese día en el que las ideas fluyen, el ambiente es perfecto y el café sabe justo como nos gusta. Pero ese momento casi nunca llega. Lo que finalmente hacemos es imponernos un horario y empezar, aunque las primeras frases sean horribles. «Al menos escribimos algo para corregir después».
¿Cómo romper el ciclo de la procrastinación?
La procrastinación no es solo distracción; es una forma de evitar emociones incómodas. Pero aquí es donde «echamos mano» de la independencia emocional.
No se trata de eliminar el miedo, la frustración o la duda, sino de aprender a convivir con ellas sin que nos bloqueen. Reconocer que sí, hay partes de esa tarea que pueden ser incómodas o difíciles, pero que no por eso debemos quedarnos paralizados. También implica aprender a desconectar del ruido externo. Puede parecer contradictorio, pero aburrirse —vivir sin estímulos constantes— es clave para recuperar nuestra capacidad de enfocarnos.
Aquí van algunas estrategias que pueden ayudarte:
1.- Identifica lo que realmente estás evitando. No se trata solo de la tarea en sí, sino de lo que representa para ti. ¿Miedo al fracaso? ¿Perfeccionismo? ¿Cansancio?
2.- Empieza con un pequeño mordisco al elefante. No intentes resolverlo todo de golpe. Escribe una página, envía un email, da un paso. Lo importante es generar inercia.
3.- Regula tu entorno. Apaga notificaciones, desconecta el móvil, crea un espacio libre de distracciones. Trabajar en bloques de 25 minutos puede ayudarte a mantener el foco.
Al final del día, procrastinar no te hace menos capaz ni menos responsable. Nos pasa a todos. Pero cuando dejamos de luchar contra nuestras emociones y aprendemos a escucharlas sin que nos dominen, podemos avanzar. Y quién sabe, tal vez el próximo elefante que te mire de reojo no parezca tan intimidante.
