«A veces se nos vende el estoicismo como el camino definitivo hacia la virtud, pero la virtud no es suprimir el miedo, el dolor o la tristeza, sino gestionarlos sin perder la cabeza».
¿Adoptamos cualquier idea solo porque está de moda? Parece que sí. Y el estoicismo 2.0 no es la excepción. Es el chico nuevo en la oficina, el que todo el mundo elogia porque «tiene una mentalidad increíble» y «no se deja afectar por nada». Un Mr. Wonderful con toga romana.
El mensaje es claro: si algo te molesta, el problema eres tú. No sientas lo que sientes, porque sentir está pasado de moda. ¿Triste? ¡Alégrate! ¿Enfadado? ¡Relájate! ¿Ansioso? ¡Respira profundo y visualiza el éxito! Nunca falta quien te diga que la solución a todo es cambiar tu actitud. Porque al parecer, Epícteto y Marco Aurelio ya vivieron todo lo que se podía vivir y nos dejaron una guía definitiva para la felicidad… hace casi dos mil años.
Pero, espera un momento. ¿De verdad la vida de un emperador con todos los privilegios posibles y la de un esclavo que logró ciertos favores pueden servirnos como manual universal para gestionar nuestras emociones en el siglo XXI? ¿O estamos romantizando (otra vez) una filosofía antigua sin cuestionarnos si encaja en nuestra realidad?
Pensamiento crítico antes de abrazar lo estoico
No se trata de tirarlo todo a la basura. El estoicismo tiene cosas interesantes, claro. Pero comprarlo sin leer la letra pequeña es peligroso. A veces se nos vende como el camino definitivo hacia la virtud, pero la virtud no es suprimir el miedo, el dolor o la tristeza, sino gestionarlos sin perder la cabeza. No se trata de dejar de sentir, sino de sentir lo justo para seguir adelante. Porque si pierdes completamente el miedo, acabas haciendo puenting sin cuerda.
Vivimos en una época donde todo es blanco o negro. Hoy el estoicismo es la clave del éxito, mañana alguien encuentra una cita antigua que suena fatal fuera de contexto y de repente es una filosofía tóxica. Pasamos de la admiración al rechazo en cuestión de días, como si la historia solo pudiera juzgarse con los valores de hoy. Pero la vida no funciona así. Hay que apostar por el gris, ese punto intermedio en el que puedes reconocer que algunas ideas del estoicismo son útiles, pero que tampoco es necesario tatuarse «Amor Fati» en el antebrazo para llevar una vida plena.
Cuando las modas se convierten en verdades absolutas
No es la primera vez que convertimos una moda en dogma. ¿Recuerdas el Método Estivill? «Deja llorar al niño hasta que aprenda». Luego llegó el «colecho es lo mejor» y si dejabas dormir a tu bebé en su cuna, eras poco menos que un criminal. Y así seguimos, oscilando entre extremos. Ahora toca el estoicismo, que nos dice que todo malestar es opcional y que lo que realmente importa es nuestra percepción. O sea, si te tratan fatal en el trabajo, el problema no es tu jefe, sino tu reacción. ¿En serio?
Aquí es donde el estoicismo moderno empieza a confundirse con la autoayuda superficial. Ese mundo en el que todo se soluciona con energía positiva y «si quieres, puedes». Como si la depresión se curara sonriendo frente al espejo y diciéndote que eres increíble. Como si la ansiedad se evaporara con un buen postureo en Instagram.
La negación disfrazada de fortaleza
Lo que antes llamábamos reprimir emociones ahora lo vendemos como «regulación emocional». ¿Te fastidian en el trabajo? No te quejes, acepta la realidad. ¿Tu relación es un desastre? No te permitas sufrir, sigue adelante. ¿Sientes tristeza? No le des importancia, ya pasará. Y ahí está el problema: en la obsesión por minimizar cualquier malestar. Si duele, tápalo. Si molesta, ignóralo. Como si fingir que todo está bien fuera sinónimo de madurez.
Es la misma lógica que nos ha llevado a confundir sanar con borrar. Como si cada golpe de la vida fuera un simple resfriado y no dejara cicatrices. Pero hay cosas que no se curan, solo se remiendan. Y está bien. No hay que pretender hacer «tabula rasa» con cada experiencia difícil. Hay que reivindicar el remiendo, aceptar que hay heridas que no desaparecen pero que podemos aprender a vivir con ellas. Porque intentar eliminar todo rastro de dolor solo nos lleva a engañarnos a nosotros mismos.
La paradoja del coche atascado en el barro
Es como cuando intentas sacar un coche que está atascado en el barro. Te pones detrás, empujas con todo lo que tienes, y, por más que lo intentes, el coche no se mueve. Pero, en vez de rendirte, sigues dándole con fuerza. Es como si pensases que, si empujas más, la solución mágica aparecerá. Al final, lo único que consigues es acabar cubierto de barro.
Lo gracioso es que lo que realmente necesitas no es seguir empujando como un loco, sino tomar un respiro y mirar alrededor: ¿Has probado a mover las ruedas de un lado a otro? O, si eres un genio como yo, ¡podrías llamar a la grúa! El mismo principio aplica a nuestras emociones. Si nos empeñamos en «no sentir» y en ignorar lo que estamos viviendo, solo nos terminamos ensuciando en el proceso. Mejor frenar un momento, aceptar lo que estamos sintiendo y buscar la manera de movernos sin forzar demasiado las cosas.
